06/03/2010 02:34
Perfil - Nota - Sup. El Observador - Pág.56
Chile, con
problemas por exceso de confianza
Alfredo Ves Losada
“Una saludable anarquía”.
Así llamó Edmond Mulet, el
hombre fuerte de la ONU en Haití,
a la situación que se vivió
luego del terremoto que destrozó
ese país el 12 de enero. Mulet no
hablaba, claro está, de la tragedia
que ese golpe de la naturaleza provocó
en la mitad más pobre de la isla
Hispañola. El hombre se refería
a la llegada imparable, alocada e imposible
de coordinar de ayuda humanitaria, voluntarios,
efectivos mi l i t a r e s , médi
c o s y suministros de todo e l mundo. Es
que, según su óptica, en el
pandemónium haitiano no había
nadie capaz de ponerse al frente de la coordinac
ión de l a asistencia –la sede
local de la ONU y el Palacio Presidencial
colapsaron– y, por lo tanto, hasta
que la situación se normalizara mínimamente
al menos, lo importante era que el mundo
se movilizara.
En ese mar agitado debió moverse
también Argentina, que desplegó
de inmediato toda su capacidad logística
en asistencia humanitaria frente a catástrofes
semejantes: los Cascos Blancos dispusieron
un operativo de emergencia para el envío
de ayuda, personal y suministros, y los
Cascos Azules presentes en el terreno desde
hace meses como parte de la misión
de estabilización de la ONU (Minustah)
se colgaron, arriba de sus trajes militares,
los de bomberos y rescatistas mientras la
tierra seguía temblando.
Argentina también envió ayuda
a Chile luego del terremoto del sábado
pasado, pero en un escenario completamente
distinto, al menos en los aspectos formales.
El terremoto que hizo madrugar al sur chileno
un mes y medio después que el haitiano,
y que todavía no ha dejado de sacudir
el suelo dejó en evidencia cómo
las abismales diferencias estructurales
entre un país y otro pueden alterar
los guarismos de la tragedia: el sismo trasandino
fue 900 veces peor (por su escala y por
el número de réplicas) que
el que destrozó el país más
pobre del continente, pero el número
de muertos fue 300 veces menor.
Y demost r ó t ambi é n que
esas diferencias dictan las particularidades
de cada operativo de ayuda humanitaria.
Y si bien en ambos terrenos se vieron imágenes
de saqueos, histeria por la falta de respuesta
oficial o por la carencia de alimentos y
medicamentos, en Chile nunca estuvo en duda
quién estaba al frente del control
de la situación. El Ejecutivo chileno
se preocupó especialmente de que
eso quedara en claro, al punto de descolocar
a los gobiernos que se solidarizaron con
ese país y se pusieron a disposición
de La Moneda.
Bachelet estuvo en Mar del Plata la tarde
previa al terremoto.
Allí observó junto a Cristina
Fernández de Kirchner una regata
de fragatas. Esa noche voló hacia
su país, y el sismo se desató
dos horas después de que la mandataria
vecina pisara suelo trasandino. Ese mismo
día, Argentina ofreció gente,
suministros, y todo lo que hiciera falta.
Pero la respuesta oficial fue contundente:
sólo infraestructura.
El Ejecutivo chileno señaló
que el terremoto había afectado sólo
parte de la capacidad edilicia del sistema
nacional del emergencias, pero que no precisaba
en absoluto otro tipo de asistencia. La
solicitud formal incluyó “puentes
mecanos, hospitales de campaña con
capacidad quirúrgica, teléfonos
satelitales, equipos electrógenos,
sistemas de purificación de aguas
salinas, centros de diálisis autónomos
y comedores mecanos”.
El gobierno argentino dispuso, por ejemplo,
el envío de un hospital reubicable
de la Fuerza Aérea. Se trata de una
unidad médica idéntica a la
que aún se encuentra en Puerto Príncipe
frente al predio de la Minustah, con equipos
electrógenos, y cuenta con una dotación
de 56 personas para su operación.
Pero desde Santiago de Chile, solicitaron
expresamente que no viajara ese contingente.
Lo propio ocurrió con otros dos hospitales
de campaña de la Dirección
Nacional de Emergencias Sanitarias, del
Ministerio de Salud: cruzaron la cordillera
sin personal propio.
“La situación en Chile es el
negativo de lo que sucedió en Haití”,
graficaron desde Cancillería.
En Haití, cuando el primer Hércules
enviado por Cascos Blancos partió
hacia la zona del desastre 48 horas después
del sismo, con suministros, medicamentos
y médicos, no estaba claro dónde
aterrizaría, y una vez en tierra,
era casi imposible salir del aeropuerto
por el caos generalizado.
En Chile, no se perdió la capacidad
operativa del Estado como centralizador
de la asistencia.
Pero eso no significa que en Chile no existan
problemas: el rol activo del Estado quedó
a la vista también en las decisiones
más llamativas, como la prohibición
expresa para el
ingreso al país de medicamentos o
equipos especializados de rescate que a
las 12 horas del sismo estaban listos para
intervenir en la frontera entre el país
vecino y la provincia de Mendoza. Se trataba
de equipos autosustentables, con perros
adiestrados, con ingenieros especializados
en el análisis de las estructuras
colapsadas.
Pero el gobierno local no quiso que actuaran.
De hecho, en un primer momento, Chile frenó
el ingreso al país de equipos y personal
de todo el mundo, confiando en las capacidades
del Onemi, la poderosa Oficina Nacional
de Emergencias dependiente del Ministerio
del Interior, y que el gobierno trasandino
ha calificado como el organismo mejor preparado
para catástrofes como las del sábado
pasado de toda América latina.
“La costumbre es aceptar los ofrecimientos
de ayuda internacionales, al menos por protocolo,
pero en Chile eso no ocurrió. No
está claro si fue por subestimar
el impacto real del sismo, por orgullo,
por presiones de los sectores militares
o para no abusar de la solidaridad mundial,
pero se frenó toda asistencia que
no fuera en materia de infraestructura,
y al final resultó que sí
necesitaban personal o insumos”, graficaron
desde el gobierno.
En la provincia de Buenos Aires, por ejemplo,
hay aproximadamente 14 mil bomberos.
Eso representa uno cada mil habitantes.
Por más preparado que estuviera el
sistema de emergencias chileno, en un esalfredocenario
que desarticula y hace colapsar todas las
instituciones como un terremoto de 8.8 grados
era claro que necesitarían personal,
porque esa proporción de rescatistas
necesaria por habitantes se multiplica inmediatamente.
Por eso hubo que responder con carabineros
donde no fueron suficientes los equipos
de salvataje. Y es evidente que algo falló
en la información y la contención
de los afectados: los saqueos comenzaron
24 horas después del sismo, mientras
que en Haití empezaron a las 96 horas.
Puente aéreo. En este contexto, la
ayuda que hoy llega a Chile desde la Argentina
tiene que ver con lo que desde la sociedad
civil pueda recolectarse o recaudarse. La
empresa LAN ofreció facilitar un
puento aéreo para hacer llegar esos
envíos, y desde Cascos Blancos prestan
asistencia logística para canalizar
esa ayuda.
Pero en el plano bilateral, el mensaje chileno
de que no se envíen ni personal ni
alimentos ni medicamentos sigue marcando
en gran parte la agenda.
Se espera, sin embargo, que esa postura
se flexibilice. De hecho, un equipo de sismólogos
viajó desde Francia hacia la zona
del terremoto.
En el caso haitiano, mientras tanto, a casi
dos meses del terremoto y aunque la situación
es de una relativa calma, Argentina sigue
enviando ayuda. Más de 60 toneladas
–alimentos, medicamentos y carpas,
principalmente– han sido despachadas
en los tres Hércules que llegaron
a la zona, y en los espacios cedidos por
Aerolíneas Argentinas en la bodega
de sus vuelos a Punta Cana. Y el flujo no
cesa: un nuevo embarque está en preparación,
aunque en este caso se hará por vía
marítima.


